El Señor 10 - por Pablo Gómez

El Señor 10 

Era un Domingo caluroso, soleado, de esos que sirven para jugar al fútbol pero no tenía con quien, por ende me dispuse a mirar un rato el televisor y ver que había.

Siendo tan joven, pues que tenía tan solo 12 años, no estaba tan al tanto de los horarios de los partidos de fútbol del campeonato argentino, y haciendo zapping encontré el “Clásico del Domingo”, como se lo denominaba al partido de importancia que pasaba la cadena TyC de manera codificada.

Vale detallar que Boca venía de una mala racha, en donde no daba pie con bola con los torneos al cual no campeonaba desde 1991, pero de todas formas, por gusto o por ganas de enojarme me dispuse a ver el encuentro.

Los relatores advirtieron que se producirían el debut de dos juveniles en el estadio Alberto J. Armando, uno era hijo de Marcelo Antonio Trobbiani Ughetto una gran figura de Boca del año 1981, junto a Silvio Marzolini, Miguel Ángel Brindisi, Hugo Gatti y Diego Armando Maradona, su nombre era Pablo Trobbiani, nacido en Elche (España) y nacionalizado argentino.

Y el otro era un flaquito que era proveniente de Don Torcuato, que había hecho las inferiores en Argentinos Juniors, y había llegado a Boca en un pase en conjunto con otros 3 juveniles.

Fue entonces cuando vi a ese flaquito con la 8 en la espalda, jugar como si estuviera en el fondo de la casa con sus 4 hermanos mientras sus 4 hermanas se reían de las proezas que hacía con el pedazo de cuero entre sus pies, 9 profesionales que se rendían a los pies de ese joven compañero que entendía el juego como si tuviera 40 años, pero solo tenía 18 años, un pibito que con sus botines Rebook totalmente negros la descosía, le daba un pase gol al negro Cáceres y salía coreado por la 12 boquense sin saber que era lo que estaba por vivir.

Ese, simplemente ese, quien tuvo que enfrentarse contra los mas poderosos clubes y a los cuales hizo rendirse a sus pies con sus pisadas y amasadas, ese que paso de ser “el nene” a ser “el torero”, y que ya en el viejo continente lo mal apodaron “el panadero” por su constante amasada.

Ese que nunca negó su cariño por Boca, que siempre se hizo llamar “Bostero”, pero que siempre con humildad supo reconocer cuando alguno jugaba mejor, que se enfrento con todo el periodismo infame, barato y sediento del rating fácil que hoy cual mejor veleta se dio vuelta dándole la razón a su juego.

Como te extraño Román, la pelota está agotada, y sedienta de tanto que le pegan con el piecito llevándola porque nadie la trata con el cariño con que vos la tratabas, dándole esa pausa que la hacía descansar para tomar más impulso y así poder incrustarse en el fondo de la red.

Gracias por hacerme saber que el fútbol no es para corredores de atletismo, sino para quienes nos gusta tener una pausa siempre y pensar que hacer antes de actuar impetuosamente.

Gracias por todo lo que nos diste a los Xeneizes y perdón por todo el cariño que muchos no pudimos devolverte.

GRACIAS JUAN ROMÁN RIQUELME

 Pablo Gómez